Historia de Rafael Spregelburd

No tendría que haberlo hecho. Pero estaba desesperado. Está bien: otro en mi lugar no habría ido tan lejos. ¿De dónde iba a sacar yo en una semana cien computadoras gratis para arreglar el lío en el que había metido a Bubi, a la secretaria general, al tesorero y a toda mi familia? La solución me pareció –en ese momento- mágica. Estaba borrando correos antiquísimos, esperando que apareciera la clave salvadora. Y apareció. Era un viejo correo de Greenpeace que decía que Dehl fabricaba sus computadoras con elementos tóxicos, y que pese a su promesa de cambiarlos, aún no habían hecho nada. Busqué el teléfono de Dehl. Pedí hablar con el gerente. Alguien se me presentó como el Sr. Behrens. No tenía ningún acento, y lo más probable es que fuera un pinche que tienen para atención al público. Pero fui claro y temible: -Mire, señor Behrens: ustedes tienen un problema, y yo les tengo la solución. Los activistas de Greenpeace ya han salido con su flota arcoiris a frenar el avance de un portacontainer lleno de máquinas Dehl que está llegando a Bahía Blanca el martes próximo. Son el blanco de una campaña de concientización ambiental. Ustedes necesitan un blanqueo de imagen. Y yo puedo dárselo. A cambio sólo necesito 100 computadoras. Me da igual si son tóxicas o no. Pero las necesito para ayer. Sé que esto puede sonar a extorsión. Pero ni yo ni usted hemos hecho las reglas de este mundo. El tipo escuchó todo mi asunto y prometió volver a llamar en cinco minutos. Fue seco. Fue cortante. Lo supuse preocupado. A los diez minutos sonó el teléfono.

Era mamá. Sonaba urgida, más que de costumbre. Que se separaba de papá. Que lo había encontrado en la cama con el jardinero. Que el paisaje era poco menos que apocalíptico. Y que si quería evitar que la encontraran en una pista de patinaje hecha de pastillas, fuera a buscarla a casa y la sacara de su angustia.

Era Bubi. El virus había encontrado una nueva forma de transmitirse. No tenía idea de cómo detenerlo.